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La disonancia cognitiva en las relaciones de abuso

La disonancia cognitiva en las relaciones de abuso

Una disonancia cognitiva es una incongruencia mental. Se da cuando dos ideas incompatibles (y que tienen la misma fuerza) conviven en tu cabeza.

Por ejemplo: “No soy nadie sin mi pareja” y “Mi pareja me está haciendo daño”.

Nos gusta sentir que nuestro comportamiento es coherente con lo que pensamos y, si no lo conseguimos, nos autoengañamos. Quizás me gustaría dejar a mi pareja, pero no puedo, porque tengo la firme creencia de que sin ella no soy nadie.

Entonces se cruza otra idea: “La gente que no es capaz de dejar a su pareja es débil”.

Si no soy capaz de dejar a una persona que me hace daño, puedo decidir, a partir de ahora, pensar que esa persona no es dueña de sus actos. Eso querrá decir que no es que yo sea débil, sino que soy muy buena persona o que en realidad no hay ningún problema.

Otro ejemplo podría ser: “A mi pareja le gusta pasar tiempo conmigo” y “Mi pareja siempre lo hace todo sin mí”. 

Las disonancias cognitivas pueden crear mucho malestar, y el autoengaño puede llegar a ser muy grande con tal de no enfrentarnos a ese desequilibrio.

A menudo, una de las dos creencias o ideas habla tan mal de nosotros mismos que no queremos ni ser conscientes de ella. Si creo que no soy nadie sin mi pareja, probablemente no lo pensaré tal cual. Simplemente sentiré un gran impulso hacia ideas alternativas que tapen o disminuyan la creencia de que mi pareja me está haciendo daño. Mucho mejor pensar que eso es mentira para no tener que enfrentarme a la verdad: no me siento capaz de romper con la otra persona.

De vez en cuando, podemos observar disonancias cognitivas o autoengaños desde el inicio de una relación. ¿Alguna vez has escuchado a alguien hablar de forma obsesiva sobre otra persona y luego te ha asegurado que no siente ningún tipo de atracción hacia ella? Probablemente su cerebro, por algún motivo, no le permite mostrarse obsesionada con una relación. Entonces ella muestra la obsesión pero dice que se trata de alguien que no le gusta.

En las relaciones de abuso, hay ciertas creencias que son especialmente dolorosas y difíciles de gestionar. Por eso, el discurso de las personas maltratadas suele estar lleno de disonancias cognitivas. Especialmente, cuando se trata de la visión que tienen de la persona maltratadora o de sus motivos para seguir con ella.

Es frecuente oír cosas como “Es que tiene un pronto incontrolable, pero es una buena persona”, o “Tiene dos personalidades distintas”. Eso suele ocurrir porque, además de que no queremos dejar esa relación, damos más importancia a las ideas que aprendimos primero y tenemos tendencia a descartar aquello que no encaje con la estructura que ya tenemos construida. 

 

¿Puedo ayudar a alguien que tiene una disonancia cognitiva?

Es importante tener en cuenta que, cuando una persona tiene una gran disonancia cognitiva y se encuentra mal, no es una buena idea decirle lo que no quiere ver. Ella no está preparada para enfrentarse a esa verdad y ponérsela delante solo hará que su mundo se derrumbe y que busque formas de tapar de nuevo esa creencia, gastando mucha más energía y encontrándose mucho peor. Si yo me siento débil para dejar a una persona y tú me dices “No es que no tengas motivos para dejarla, es que eres débil y no puedes”, yo me voy a sentir muy mal y voy a hacer lo posible por olvidarlo, usando las estrategias que puedo usar desde esa parte frágil: cerrarme y seguir luchando por lo que quiero.

Imagina que tienes un peluche de hace años del que no sabes si desprenderte. Lo coges, un poco indeciso/a, y sales a pasear pensando que quizás lo dejas en la basura. Por el camino empieza a llover y tú, instintivamente, lo proteges contra tu pecho. Empieza a granizar y tú decides volver a casa con tu peluche, al que todavía quieres más que antes.

¿Crees que la lluvia que iba a atacar a tu peluche ha hecho que quieras desprenderte de él?

Bien. Pues muchas veces ocurre que vemos a alguien que se plantea dejar una relación o que empieza a tener dudas, y lo que hacemos es convertirnos en lluvia y granizo. Atacamos a la persona, y a la pareja, echamos toda nuestra rabia, esperando que ese sea el toque final necesario para lograr que la relación se rompa. No obstante, lo único que provocamos es despertarle ese instinto de protección y hacer que le dé más pena todavía, aferrándose más a la relación.

Porque damos por hecho que si sigue con esa persona es porque aún le gusta y queremos conseguir que deje de gustarle. Pero, ¿y si lo que siente es una profunda lástima? Convertir a su pareja en la víctima de nuestras críticas no hará que deje de darle pena. No podemos deshacer una disonancia cognitiva sin saber qué idea es la que esa persona no está preparada para aceptar, ya que para ella puede ser terrible y totalmente contraproducente. Si ella pudiera aceptar la realidad, no se encontraría así de mal ni estaría en esa situación.

Cuando estamos delante de alguien que tiene una disonancia grave, lo mejor es decirle que acuda a un profesional que le ayude a aclarar sus ideas y a sentirse mejor. Recuerda que no se trata de alguien que busca los pros y contras de elegir una cosa u otra, se trata de una persona en un estado psicológico muy delicado y que necesita ayuda.

Este mecanismo de defensa es muy común en las adicciones. Si una persona quiere estar sana y también quiere seguir fumando, quizás empiece a defender que lo más importante del mundo es estar delgada y que dejando de fumar engordaría.

 

¿Cómo puedo saber si tengo alguna disonancia cognitiva?

Hay tres señales que pueden indicar que estás luchando contra una disonancia cognitiva:

  1. Te encuentras mal físicamente: tienes ansiedad, dolores de cabeza, confusión, palpitaciones, mareos o más vértigo del que habitualmente suelas tener.
  2. Llevas un tiempo buscando argumentos para justificar alguna acción que no encaja con tus valores.
  3. Evitas ciertas situaciones que, no sabes por qué, te generan mucho malestar: tienes la sensación de que hay una realidad terrible a la que no quieres ni acercarte y que, a veces, estás a punto de descubrir.

Si estás en una relación complicada y te encuentras en una incongruencia mental que te impide sentirte bien o hacer tu vida de la forma habitual, lo mejor es que pidas ayuda para resolverla de la forma más fácil y llevadera según tu caso.

 

Decimos que experimentamos una disonancia cognitiva cuando tenemos dos ideas contradictorias igual de importantes o nuestro comportamiento no es coherente con nuestros valores y creencias y eso nos genera un malestar. Al no querer (o no poder) librarnos de la primera creencia o del comportamiento que llevamos a cabo, buscamos excusas mentales para seguir comportándonos así sin sufrir. -       

¿Te ha servido este post? ¿Has tenido o tienes alguna disonancia cognitiva? ¿Alguna vez has intentado que alguien resuelva la suya? Comparte tu experiencia y deja un comentario.

¡Un abrazo!

La felicidad no es un sentimiento, es una decisión

La felicidad no es un sentimiento, es una decisión

Siempre habrá cosas en tu vida con las que no estés conforme, personas que te tratarán de forma injusta. Siempre habrá alguien con más suerte, más belleza, más dinero.

A veces atravesamos situaciones difíciles que nos obligan a luchar o a conformarnos con lo que tenemos. Y, aún así, si alguien nos pregunta si somos felices, decimos que sí, porque pensamos que, dentro de lo posible, así es. Disfrutamos de los buenos momentos, agradecemos lo que tenemos y vivimos las cosas buenas de forma consciente.

Recuerdo que, cuando era pequeña, de vez en cuando lloraba por alguna tontería. La respuesta de muchos adultos ante el llanto de cualquier niño solía ser: -¿Por qué lloras? ¿Es que aún eres pequeño/a?

Y entonces el niño o niña sentía vergüenza y reprimía la expresión de sus emociones, ya que llorar era de pequeños.

Pero un día, cuando una amiga y yo llorábamos porque no nos poníamos de acuerdo sobre a qué jugar, su abuelo nos vio y nos dijo: -No lloréis, que ya tendréis tiempo de llorar cuando seáis mayores.

En ese momento, algo hizo un clic dentro de mí. Ese hombre rompió mis esquemas. <<¿Los mayores lloran?>>, pensé. <<¿Será que realmente estoy triste por una tontería?>>, <<¿Será que ahora soy feliz?>>.

Esa frase quedó grabada en mí y, ahora, muchos años después, puedo reflexionar sobre ella en más profundidad: la primera forma de dominar el llanto de un niño se basaba en la vergüenza y la represión, y la segunda se basaba en trabajar el agradecimiento. Es decir… puedes estar triste si quieres, pero tendrás otras oportunidades de estarlo y quizás estaría bien que también aprovecharas las oportunidades para ser feliz.

Otra conclusión que saqué de esa frase fue que estaba llorando por enfado y no por tristeza. Por eso, los adultos tenían más motivos para hacerlo que yo. Llorar por un enfado no valía la pena, y menos por ese enfado en concreto.

Y esa es la clave de la felicidad: el agradecimiento. Estamos envueltos de personas que tienen problemas y parecen llevarlo bien. Personas que hacen cosas para resolver sus contratiempos, que luchan contra algunas adversidades pero viven conscientes de su buena salud, de sus buenos momentos, de su capacidad para sobrellevar las cosas. Personas que saben valorar un buen rato con alguien, o una situación graciosa, o un paisaje bonito.

Quizás conoces a alguien que siempre se queja de todo, a quien le hablas de cosas bonitas y siempre tiene un pero. Alguien que se muestra serio ante tus alegrías o a quien parece imposible contentar. Puede ser que, incluso, te hayas sentido responsable de la desmotivación constante que muestra. Ponte delante de esa persona y pregúntale si quiere ser feliz. Te encontrarás con tres tipos de respuestas:

  1. <<Sí>>.
  2. <<Sí, pero no sé cómo>>, <<Sí, pero no es tan fácil>>, <<Sí, pero quiero desahogarme>>, <<Sí, pero…>>.
  3. <<Es que no creo que sea posible>>, <<Es que la felicidad absoluta no existe>>, <<Es que…>>, <<¿Qué entiendes por felicidad?>>.

Las respuestas del tipo 1 y 2 llevan un <<sí>>, que puede ser explícito o implícito. Las respuestas del tipo 3 buscan eliminar esa posibilidad. Lamentablemente, lo mejor que puedes hacer por tu salud mental es dejar de esforzarte por hacer feliz a esa clase de personas, ya que ni siquiera quieren entrar en contacto con la remota posibilidad de estar bien. Distraen la conversación porque no quieren que les propongas soluciones ni que les pidas congruencia con su deseo de felicidad. En la mayoría de casos, son personas que han asumido un rol de víctima y que han descubierto que ese rol les permite obtener ciertos beneficios o aprovecharse de la buena fe de los demás. Obviamente, no quieren soluciones, porque para ellos la felicidad es eso: tener la atención de los demás y mantener esa sensación de poder.

Puede ocurrir que a veces no tengas fuerzas o que necesites desahogarte y dar espacio a ciertas emociones negativas, o que quieras quejarte sin que nadie te frene. Y tienes todo el derecho del mundo a hacerlo. No obstante, seguro que, en el fondo, preferirías no estar quejándote de eso y no tener ese problema. Querrías estar bien. Y eso significa que dentro de ti está la actitud correcta para conseguirlo.

He oído historias terribles de personas que perdieron a varios familiares a causa del COVID-19, que se quedaron sin trabajo y que tienen algunas secuela después de superar la enfermedad y, ¿sabes qué opinan de ello? Que qué mala suerte, pero que menos mal que ahora han podido volver a trabajar, aliviar sus secuelas y encontrarse bien para volver a remontar. Y les pregunto: <<-¿Estáis bien?>> y me dicen; <<-Ahora mucho mejor>>. Por otra parte, he oído a personas que no perdieron a nadie, que no tuvieron la enfermedad ni tuvieron pérdidas económicas a causa de la pandemia decir que son profundamente infelices porque hace un año que la mascarilla les estropea el look.

El camino del agradecimiento te llevará a la paz interior y a la felicidad.

 

Tres reglas de oro para ser feliz

Si quieres ser más feliz, recuerda estas tres reglas básicas:

  1. Sé consciente de las cosas buenas que hay en tu vida, incluso de aquellas cosas estables que das por hechas.
  2. No pongas tu energía en aquello que no se puede cambiar (situaciones adversas que no dependen de ti, complejos físicos como la estatura, medir tus progresos comparándolos constantemente con los de otra persona…)
  3. Haz aquello que sí que puedes hacer: duerme bien, come bien, hidrátate, haz algún deporte, márcate objetivos pequeños que puedas cumplir.

No se trata de ser conformista, sino de agradecer lo que ya tenemos, aceptar nuestras limitaciones y buscar la felicidad en el día a día. Si nuestros objetivos son grandes, tendremos que dividirlos en partes más pequeñas y, sobre todo, tendremos que valorar el camino. Verás qué cambio tan radical.

 

El camino del agradecimiento te llevará a la paz interior y a la felicidad. -       

Y tú, ¿qué opinas? ¿La felicidad es un estado fugaz? ¿Es una actitud? ¡Cuéntanos tu experiencia y deja un comentario!

 

¡Un abrazo!

¿Por qué tu amigo no puede ser tu psicólogo?

¿Por qué tu amigo no puede ser tu psicólogo?

De vez en cuando, algún amigo o incluso familiar me pregunta si le podría hacer terapia. Suelen ser peticiones acompañadas de un “ya sé que no puedes”, y yo contesto: “exacto, no puedo… y tampoco quiero”.

 

¿Por qué es terapéutico ir al psicólogo?

 

El psicólogo… ese ser al que puedes contarle cualquier cosa, por extraña que sea, y jamás va a poner cara de susto. Esa persona neutra, que no tiene ninguna relación con nadie de tu familia ni de tu círculo de amistades, ni puede juzgar cómo te comportas en diferentes ámbitos de tu vida por haber estado presente. Ese terapeuta que solo te conoce por lo que le cuentas y por los conocimientos que tiene sobre la mente humana y las emociones y a quien, de entrada, le caes bien. Y, especialmente, esa persona que te dice las cosas de una manera que no te molestan.

Como ya habrás deducido, hay algunos de los efectos terapéuticos de acudir a un psicólogo que son incompatibles con la amistad.

Además, hay otros problemas que pueden surgir si mezclamos ambos conceptos:

 

¿Qué problemas incómodos son esos?

 

1. El psicólogo está trabajando y hay que pagarle por ello

Hacer terapia a alguien no es como ir a tomar un café con un amigo. Requiere un esfuerzo enorme, segundo a segundo, un trabajo de análisis, estructurar continuamente el diálogo, dirigir la conversación, recuperar el núcleo del diálogo, medir cada una de las palabras, analizar el lenguaje no verbal, tener presentes todos los conocimientos que tienes sobre el tema, poner en práctica las diferentes técnicas y… todo esto, sin que se note mucho. Ese esfuerzo tiene un precio y, aunque estés dispuesto/a a pagar, no faltará ese pensamiento en tu mente de “me podría hacer un descuento” o “se supone que, como amigo/a, debería escucharme sin cobrar”.

Por otra parte, ¿y si el psicólogo algún día tiene algún problema personal y necesita un amigo? ¿Estarás ahí o pensarás “si yo le pago por escucharme, no es justo que él no me pague a mí”? Es decir, tendríais una relación en la que tú pagarías por ser escuchado/a, pero tendrías que escuchar gratis a esa persona.

Una vez, en una peluquería, mientras la peluquera me cortaba el pelo, me dijo: “¿Eres psicóloga? ¡Te voy a contar un problema!” y estuvo unos 30 minutos hablando. Cuando terminó su trabajo, todavía habló 2 minutos más. Entonces miró hacia el espejo y dijo: “Son 50 euros”. Me dieron ganas de decirle que lo mío también, pero entendí lo absurdo de la situación y tuve que callarme. Como no habíamos dicho específicamente que eso era una situación terapéutica, como no estábamos en una consulta y no había protocolos de por medio, mi trabajo no tenía valor para ella. Y por supuesto me esforcé en mi trabajo, pero no había el vínculo adecuado entre nosotras.

 

2. Conoces parte de la vida de tu psicólogo y eso puede coartar tu libertad de expresión

Quizás ese día te apetece quejarte de que no te llega el dinero para irte de vacaciones, pero sabes que tu psicólogo tiene un familiar cercano con graves problemas económicos, así que no lo haces. O sabes que tiene problemas de pareja en ese momento y tú querrías compartir que a ti te va divinamente. También puede ocurrir al contrario: necesitas desahogarte sobre algún tema en el que consideras que tu psicólogo tiene buena suerte y tú no, tienes sentimientos encontrados sobre ello y no quieres admitir que estás mal en ese aspecto.

Te sentirás mucho mejor, y más libre, si no sabes nada personal de tu terapeuta.

 

3. No puedes mentirle pero tampoco contarle toda la verdad

Quizás quieres quejarte de la falta de empleo, pero tú y tu psicólogo sabéis que hace un año que no envías ningún currículum. Con cualquier otro psicólogo la conversación podría ser así:

-No hay trabajo y por eso estoy todo el día sin hacer nada.

-¿Cuántas horas al día dedicas a buscar trabajo?

-Bueno, la verdad es que no muchas.

La pregunta del psicólogo, si este fuera tu amigo y conociera tu verdadera situación, podría sonar irónica y resultarte molesta. Y probablemente tú insistirías y seguirías con la mentira. No obstante, en una sesión con un terapeuta desconocido, esa misma pregunta te invitaría a la reflexión e incluso podrías acabar riéndote de ti mismo.

Por otra parte, si por ejemplo le cuentas a tu amigo/psicólogo que estás haciendo algo que es malo para tu familia (y resulta que conoce y quiere a tu familia), es posible que le sea complicado centrarse en el verdadero problema. Así que lo que quieras contarle estará continuamente filtrado por vuestro vínculo amistoso, y no le dirás ni la mitad de lo que piensas.

 

4. Te importa su opinión personal

Somos humanos, y seres sociales, y por tanto nos importa lo que los demás piensen sobre nosotros. Si además se trata de nuestros amigos o conocidos, esa opinión (al menos, en la mayoría de los casos) se vuelve más importante. Eso acabará por destrozar la neutralidad del vínculo terapéutico porque, en tu mente, ya no estarás hablando con una persona que no vaya a juzgarte. Además, acabarás preocupándote por si tus problemas (o acciones, o recaídas) le afectan personalmente.

En cambio, si estás con un psicólogo que no es tu amigo, no tendrás miedo a frases como “te lo dije” o “si sufres yo también sufro” (que probablemente tu amigo tampoco te dirá, pero tu miedo estará ahí y entorpecerá la comunicación).

 

5. Quizás te tomes sus consejos como una manipulación

Será inevitable. Si tu amigo-psicólogo te sugiere alguna solución que no te gusta, no pensarás que eso es bueno para ti, pensarás: “¿Qué interés puede tener en que haga esto? ¿Cuál es su intención? ¿Por qué me lo está diciendo? ¿Quiere manipularme para que haga lo que él quiere?”

En cambio, con otro psicólogo, sabrás que su única intención es que mejores y que estés contento con su trabajo. Tendrás claro que vais en la misma dirección.

 

6. Querer que tu amigo sea tu psicólogo podría significar que no estás realmente comprometido con el cambio.

Una vez, una vecina me dijo que estaba muy deprimida y que, como yo era psicóloga, igual la podía ayudar. Fue algo así como:

Ella: -¡Uy, hola! El otro día pensaba en ti. Ya que eres psicóloga, ¿no me podrías aconsejar algo para la depresión? Es que últimamente estoy bastante decaída.

Yo: -¿Has pensado en ir al psicólogo?

Ella: -No tengo tiempo ni dinero para eso. ¿No me puedes aconsejar nada?

Yo: -Bebe agua, aliméntate bien, toma el sol. Rodéate de la gente que te quiere y mantén tus aficiones.

Ella: -Bueno, pero eso ya lo sé yo. ¿No hay alguna técnica o algo más?

Yo: -Quizás podrías pensar en hacer algunos cambios en tu vida.

Ella: -Ahora mismo no quiero hacer cambios. ¿De verdad no me puedes decir nada?

Es una situación muy frustrante: alguien te pide que te esfuerces en solucionar sus problemas pero no está dispuesto a poner ni un mínimo de su parte en ese trabajo. Son patrones del tipo: “Quiero desahogarme. Se lo cuento todo a mi amigo-psicólogo. Invalido cada solución. Aviso de que no voy a hacer nada. Sigo con lo mío. Quiero desahogarme.” Etc. Y ese patrón es algo humano. Pero en esa situación y esas condiciones, ni yo puedo trabajar ni el paciente puede curarse.

Cuando alguien acude a una consulta con un terapeuta, la dinámica es diferente. En primer lugar, ese alguien está aceptando la posibilidad de conectar con el problema, aceptar que existe, y está dedicando un tiempo y un esfuerzo a curarse. Está, por tanto, poniendo de su parte y haciendo un cambio. Y, en esas circunstancias, con un vínculo neutro y haciendo un esfuerzo mayor al que haría en una situación amistosa, no va a decir que no quiere cambiar nada. Va a intentar aprovechar las sesiones, ya que no le estarán saliendo gratis en ningún aspecto.

También es común, como se ve en el ejemplo, que la gente pida “soluciones mágicas”. Es decir, una solución para su problema, que no pase por pagar y que descarte toda la parte terapéutica del diálogo. Una solución racional y lógica que no se les hubiera ocurrido antes. Pero, cuando les das unas cuantas opciones, estas personas se muestran insatisfechas y reacias a llevarlas a cabo, ya que no están realmente dispuestas a iniciar ningún proceso. Es en esas ocasiones cuando el amigo-psicólogo se ve forzado a “trabajar” en las condiciones y los límites que le exige el amigo, pero sin cobrar por ello y a cambio de respuestas como “No quiero hacer ningún cambio”, “En realidad he exagerado, mi problema no es tan grave”, “Eso yo ya lo sabía”, “No creo en la psicología” o “No me ha servido de mucho pero gracias por intentar ayudarme”. Es decir, un trabajo obligatoriamente mal hecho y a cambio de nada.

 Ir al psicólogo tiene resultados eficaces cuando el vínculo es neutro y está bien construido, el espacio y el tiempo de la terapia están delimitados, te sientes en confianza, el psicólogo tiene un buen conocimiento de la materia, de las diferentes técnicas y programas de tratamiento y estás decidido/a a involucrarte (o, al menos, intentarlo) en el proceso. -       

Por eso, si tienes un amigo psicólogo, recuerda no ponerlo en esa tesitura… ¿por qué lo eliges a él? ¿Porque ya tenéis confianza? Esa no es una buena razón y no es bueno para ninguno de vosotros. Hay miles de terapeutas y seguro que habrá uno que se adecue exactamente a tus preferencias.

Por cierto… ¿te ha ocurrido que, sin ser psicólogo, alguien te ha tomado por tal y tienes ese rol en la relación? Es algo muy común y que quizás te haya llevado a decir alguna vez “¡Yo no soy tu psicólogo!” en un intento de recuperar la pureza del vínculo de la amistad. ¿Por qué crees que te ocurrió eso y cómo lo viviste?

 

¿Te ha gustado este post? ¿Has estudiado psicología y te ocurren esas cosas? ¿Te sitúas en un rol de cuidador en tus relaciones? ¿Piensas que sí es viable mezclar una cosa y la otra? Cuéntanos tu experiencia y deja un comentario.

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¡Un abrazo!

El narcisista encubierto de tipo espiritual

El narcisista encubierto de tipo espiritual

“Hará unos diez años de la primera vez que quedé deslumbrada por uno de ellos. No era un chico muy atractivo físicamente pero tenía una calidad humana que hubiera dejado con la boca abierta a la mismísima Madre Teresa. En ese tiempo yo era voluntaria de algunas asociaciones sanitarias y conocía a bastante gente del sector. No obstante, él era diferente y parecía extremadamente altruista, casi parecía estar en un plano superior al resto de humanos. Divertido, carismático y dispuesto a hacer cualquier cosa para ayudar.

Me hizo un love-bombing de campeonato y me hizo sentir como una princesa durante un tiempo. Todo era maravilloso, me llenaba de detalles, me ponía por las nubes… y, a la vez, iba dándome ciertas lecciones de cómo se tenían que hacer las cosas, ya que él era muy buena persona.

Reconozco que, con el tiempo, empezó a fastidiarme lo mucho que se fijaba en determinadas sutilezas. Hablar con él era ir pisando huevos, todo aquello que yo dijera sin pensar era puesto en tela de juicio y podía cambiar radicalmente su visión de mí. Recuerdo que un día le comenté que no me gustaba el arroz y me soltó un discurso sobre lo desconsiderada que estaba siendo con la gente que no podía comer. Ya que yo siempre he sido algo delicada en cuestiones de comida, decidí no hacer más comentarios sobre mis gustos y sencillamente pedir cosas que me gustaran.

Vi algunos inconvenientes en nuestras dinámicas pero el hilo conductor siempre parecía ser el mismo: él era una buena persona y había que seguir sus pasos. Cuestionaba TODO lo que hacía la gente a nuestro alrededor, era como un Pepito Grillo comentando la vida. Me contó que odiaba a su familia: a su madre porque lo había consentido demasiado y a su padre porque no le había prestado suficiente atención.

Una noche, en un momento objetivamente romántico, pasó por ahí un vendedor de rosas y nos preguntó si queríamos comprar alguna. Él le dijo que no, y me dijo que esas rosas no duraban demasiado y que era mejor comprarlas en otro lugar, planificando bien el color y si la quería con espigas o no. Yo le dije que, a veces, no hacía falta planificar, y noté cómo algo empezaba a marchitarse dentro de mí.

No solo quería planificar el tipo de rosa que me regalaría, también en qué momento nos haríamos una foto, en qué momento había que abrazarse, en qué momento hablaríamos de ciertos temas. Una vez fui a darle un beso y dijo: “creo que es mejor que nos lo demos justo debajo de la luna”. Nos movimos unos pasos y luego dijo: “bueno, creo que será imposible ponernos justo debajo”. Añadió que, en ese momento, no sentía que el universo le empujara espiritualmente a besarme y que, quizás, yo era poco espiritual y por eso no lo entendía.

Recuerdo cómo una vez se quedó con el mérito de un trabajo mío, diciendo que no tenía que importarme la fama. Recuerdo cómo me regaló cosas que sabía que no me gustarían y tuve que agradecer el detalle, y también recuerdo cómo, durante una conferencia, habló muy bien de toda la plantilla excepto de mí porque, según él, las cosas importantes se decían en privado.

Recuerdo cómo me trataba de superficial cuando quería subir una foto a mi perfil, cómo me llamaba materialista cada vez que me apetecía comprar algo, cómo me decía que, si me maquillaba, estaba dando más importancia a mi cuerpo que a mis estudios. Me incomodaba hasta tal punto que prefería no comprar nada delante de él. Según sus discursos el dinero no era importante pero, por lo visto, él no quería soltar ni un céntimo.

También recuerdo cómo una noche me despertó, después de un largo día en el que yo había hecho tres exámenes, porque estaba aburrido y no podía dormir.

Pero, sin duda, lo más impactante de todo era su extraño concepto del amor. Era tan importante amar, que había que dejar las propias necesidades a un lado para ayudar a otros, aguantar infidelidades para que el otro fuera feliz, soportar silencios de varios días para dar espacio al otro y respetarlo. Mientras tanto, él era incapaz de ayudar o escuchar a nadie, sus necesidades siempre iban primero porque él lo merecía, y los demás solo tenían que entenderlo como personas adultas. Parecía la víctima absoluta del universo y el único que entendía correctamente el concepto del amor. Si él hablaba de otras mujeres y yo me lo tomaba a mal, yo estaba siendo demasiado posesiva y no comprendía el amor. Si yo hablaba de otros hombres, entonces era una cualquiera que tampoco comprendía el amor ni el respeto.”

(E., 36 años)

 

Hace falta cierta distancia, temporal y física, para ver en qué juegos mentales te ha metido un narcisista de este tipo y qué creencias ha implantado en tu mente. Parece que no entiendes nada de la vida ni de los buenos valores, pero llega un día en que tu mente hace un clic y te hace ver las incongruencias, el egoísmo y la necesidad de admiración que se esconden detrás de su discurso. Empiezas a tirar del hilo y te das cuenta de que, en realidad, es imposible hacer feliz a esa persona y aún más ser feliz a su lado.

¿Cómo detectar a este tipo de narcisistas? Lo más normal es que no presenten todas las características que describimos aquí, o que tengas que hacer un esfuerzo por recordar cosas que sucedieron y a las que no diste mucha importancia, pero seguro que, si has estado ante uno de ellos, estos indicios clave te resonarán.

 

24 características e incongruencias de los narcisistas encubiertos de tipo espiritual 

  1. Les preocupa mucho su imagen: quieren ser conocidos por su humildad, por su altruismo y por su superioridad espiritual, pero en realidad ni siquiera tienen empatía. Dicen que no les importa la imagen pero eso es también parte de lo que quieren aparentar.
  2. Solo ellos saben lo que es el amor: tienen un concepto del amor aparentemente muy elevado, pero en realidad tiene una base completamente egoísta. Tú tienes que amarlos a ellos de forma incondicional y ellos solo tienen que amarse a sí mismos.
  3. Solo sus necesidades son importantes: si tú necesitas cercanía y él distancia, despídete de él por unos días. Si él necesita comer y tú dormir, te descubrirás preparando la comida mientras bostezas y te apoyas en la cocina. Si vuestras necesidades son incompatibles, las suyas siempre serán más importantes. Verás que, después del love-bombing, ya no puedes ponerte enfermo/a ni necesitar nada (te sentirás culpable si lo haces).
  4. Son muy inmaduros: si les señalas algún defecto o han hecho algo mal, siempre intentarán echarle la culpa a alguien más, aunque sea a ti por señalárselo.
  5. Se victimizan constantemente: les encanta mostrarse como víctimas del mundo, de su familia y de la crueldad infinita de la gente. Pueden parecer desvalidos y enfadados con todo y todos, como si fueran niños disgustados y abandonados.
  6. Falsa humildad: se autodeclararán los más buenos del mundo, los menos materialistas y los menos ambiciosos para que te sientas mala persona a su lado y decidas no progresar en nada.
  7. Ayudan a otros para triangularte: intentarán que sientas celos, que no te sientas merecedor/a de su ayuda y afecto y que pienses que eres una mala persona.
  8. Son muy controladores: aunque no siempre serán claros en esto, sabrán cómo controlarte en cada momento. Si no quieren que salgas una noche, pueden hacer que te preocupes por ellos para que, aunque salgas, no te lo pases bien.
  9. No tienen empatía: cuando no tengan un interés personal en ayudarte, no los verás mover una pestaña si estás pasando un mal rato. Sus problemas siempre serán más importantes. Hablarán de que hay que arreglar el mundo pero ni siquiera se darán cuenta de si estás preocupado. Querrán implicarse en movimientos solidarios pero no cuidarán de sus seres queridos.
  10. Son impredecibles: les gusta desestabilizarte con sus cambios de planes y de gustos. Muchas veces no hablan de lo que planean, esconden sus intenciones hasta que llevan sus planes a cabo, y tú tienes que adaptarte y estar siempre con las emociones desajustadas.
  11. Mienten muy bien: te quedarás impresionado/a con su capacidad para mentir y para hacer mil cosas a escondidas que ni siquiera te ha dado tiempo a imaginar.
  12. Minimizan las necesidades de los demás: ellos siempre necesitan cosas, nunca es suficiente con lo que les das. Ahora bien, si tú necesitas algo o estás triste, minimizarán tus problemas y a ti mismo/a, te tildarán de exagerado/a y te dirán que estás montando un drama (su especialidad).
  13. Odian la autoridad: algunos narcisistas encubiertos son líderes de sectas y grupos espirituales. Crean grupos en los que supuestamente son todos iguales. No soportan la autoridad porque en el fondo desean con todas sus fuerzas mandar ellos y tener seguidores. Por este motivo, suelen ser muy críticos con los políticos, los profesores y todos aquellos que tengan un grupo a su cargo. No soportan sentirse uno más en sociedad y suelen saltarse las normas alegando motivos espirituales. Según ellos, las normas están hechas con odio y hay que hacerlas con amor (del suyo, claro).
  14. No admiran a casi nadie ni tienen ídolos: no pueden admitir que les gustaría ser famosos ni que sienten envidia, así que se dedican a criticar a cualquiera que tenga la atención de los demás.
  15. Pueden tapar su tacañería con discursos espirituales: no quieren gastar dinero y por eso te tacharán de materialista cada vez que quieras hacer algo por lo que haya que pagar. Si quieres ir al cine, o cenar fuera, o comprar cualquier cosa, tendrás que pagar tú o aceptar quedarte en casa.
  16. Intentan que no sobresalgas: un día te dirán que no te arregles, otro que no ganes dinero, otro que no te lleves el mérito de tu trabajo o que no pongas tu nombre en el libro que has escrito. Te harán ver que si asciendes o sobresales de algún modo eres una mala persona.
  17. Quieren transferirte su frustración: te pueden decir que necesitan ayuda y no dejarte actuar. Pueden decirte que no les regales algo en concreto y unos días después decir que otra persona les regaló lo mismo y que ha sido el mejor regalo de su vida. Si se dan cuenta de que quieres un determinado lugar en su vida, no te lo darán jamás (pero a otros sí). Te harán sentir impotente y frustrado/a, y te sentirás, incluso, como un niño enfadado. En realidad es lo que sienten ellos.
  18. No tenéis los mismos derechos: él tiene el derecho de ser escuchado y tú debes escucharlo. Él tiene el derecho de ser libre y pisar tus derechos, y tú debes permitirlo. Si no lo haces, eres egoísta y poco evolucionado.
  19. Es imposible ser feliz a su lado: si te ven feliz pueden ponerse serios, hacer que te preocupes por algo o darte un discurso sobre lo terrible que es el mundo para que bajes de la nube. Frecuentemente critican lo que hacen los demás (y lo que haces tú). Con ellos, lo de “vive y deja vivir” no existe.
  20. Utilizan la espiritualidad para hacerte sentir culpable y manipularte: en pareja, a veces, la espiritualidad requerirá que te mueras de celos en silencio para respetar su espacio. Otras veces, requerirá que dejes de usar maquillaje o que no trabajes.
  21. Están llenos de límites: cuando intentas poner algún límite en su trato o intentas proteger tus emociones, te acusan de rígido y limitante. Eso sí, no intentes sacarlos a ellos de su zona de confort. No les hagas comer algo diferente, o ir a sitios diferentes o, en general, hacer cualquier cosa que no controlen por completo, porque entrarán en crisis y encontrarán algún discurso espiritual o profundo que no les permita hacer lo que les pides.
  22. Te interrumpen y te generan rabia: son especialistas en cortar y dificultar la fluidez de las conversaciones, interrumpiendo tus frases para decir que eso ellos no lo ven bien. O para puntualizar algunas cosas. Pueden interrumpir cualquier cosa que vayas a hacer diciéndote que seas más delicado o que pienses un poco, de modo que acabas reprimiendo mucha rabia e impulsos naturales y esa rabia acaba yendo en tu contra.
  23. Suelen ser muy promiscuos: les puede gustar el sexo descontrolado, a veces sin protección, y las experiencias múltiples. Hablan de rituales de amor libre en los que poco importa cómo te puedas sentir al respecto. Es más, si no aceptas asistir a uno de esos eventos, será debido a tus límites y a tu poca espiritualidad.
  24. Si les llevas la contraria se sienten ofendidos: no soportan quedarse sin argumentos ni que haya gente que les confronte o que piense diferente a ellos, así que directamente rechazan seguir hablando del tema o rompen el vínculo con esa persona. No obstante, ellos llevan la contraria a los demás constantemente.

 

No es fácil descubrir a un narcisista encubierto. La mayor parte de las veces, te darás cuenta de que está pasando algo raro porque te pondrás enfermo/a más veces de lo habitual, te sentirás culpable por todo y tendrás cierto nivel de estrés al pensar en vuestros encuentros. Tu relación parecerá un rompecabezas sin resolver y, cada vez que muevas una ficha, el dibujo y la forma cambiarán, imposibilitando su resolución.

Por eso, es importante que tengas claros los indicios que hemos mencionado y cómo te encuentras antes y después de ver a esa persona. ¿Te genera dolor de cabeza o ansiedad pensar en la relación? ¿Te hace sentir que eres decepcionante o que no eres lo suficientemente bondadoso/a? ¿Crees que esa persona tiene un concepto del amor muy elevado pero que solo le beneficia a ella? ¡Cuidado! Aquí huele a narcisista espiritual…

 

Los narcisistas encubiertos de tipo espiritual suelen autoproclamarse bondadosos, altruistas y espiritualmente superiores, pero tienen un concepto del amor que solo les beneficia a ellos. -       

¿Te ha servido este post? ¿Conoces a algún/a narcisista de este tipo? Comparte tu experiencia y deja un comentario.

¡Un abrazo!

Este es el gran secreto para dejar de sufrir por amor

Este es el gran secreto para dejar de sufrir por amor

Hay gente que no sufre por amor o, al menos, que solo sufre lo justo y necesario. Son personas que mantienen relaciones felices y plenas y que saben que el mundo no se acaba si pierden a esa pareja o si no resulta ser lo que ellas esperaban.

Parece que son personas seguras de sí mismas y carismáticas, y que nacieron con esa facilidad. Hablan con todo el mundo y conocen gente con una rapidez espasmosa y, si la sociabilidad no es lo suyo, tienen tan claros sus propósitos vitales que resulta casi imposible apartarlas de su camino o hacer temblar sus pilares.

Es en medio de todas esas características y circunstancias vitales orbitantes donde está el secreto que determina la estabilidad de esas personas: el centro emocional. Ese ecosistema psicológico que nos da identidad, sentido y propósito.

En ese sentido, hay una canción de Alejandro Sanz que, a pesar de su antigüedad, no deja de impactarme. En ella dice: “Te escribo desde los centros de mi propia existencia, donde nacen las ansias, la infinita esencia”. Pues la cosa va por ahí: desde ese centro no tienes que escribirle ni hablarle a nadie. Necesitas esa energía para vivir. Ese centro es tuyo y solo tuyo y jamás debes permitir que tu esencia, tu ansiedad y tu energía vital estén dirigidas hacia tu pareja.

 

Aprendamos un poco más sobre el centro emocional

Cuando hablamos de centro emocional hablamos de un espacio psicológico en el que nos encontramos en equilibrio y armonía. Ahí están nuestros hábitos, nuestras preferencias, nuestra calma, nuestro progreso y nuestras metas. Ahí estamos nosotros. De ahí emana nuestra energía y nuestra fuerza vital.

Te pondré un ejemplo para explicarme mejor: imagina que de lunes a viernes te levantas a las 8h, te acuestas a las 22h, comes verdura tres veces a la semana, vas a clase. Tienes un trabajo los miércoles que te hace feliz. En tus ratos libres haces yoga y, el fin de semana, lo dedicas a descansar y a hacer excursiones. También tienes un proyecto personal al que estás dando forma.

Entonces llega el verano y haces un viaje increíble a un país desconocido. Lo pasas muy bien y, después de un mes allí, empiezas a sentir un cierto cansancio emocional. Ya has tenido suficiente de esa experiencia, te apetece guardar esa sensación en tu mente, quedarte con las cosas positivas, volver a tu vida normal y descansar, con las energías renovadas. ¿Te suena esa sensación?

Hay experiencias que nos encantan pero, al final, nuestro cuerpo nos pide volver al equilibrio mental que conocemos y que nos genera esa felicidad suave pero duradera. Necesitamos volver a nuestro centro emocional.

Otro ejemplo: una paciente (Leire), que es muy organizada en todos los ámbitos de su vida, empezó a salir con un chico. Este siempre la invitaba a salir con poca antelación y ella empezó a ceder cada vez más. Esa espontaneidad le resultaba estresante, ya que a ella le gustaba planificar su horario cada día y gracias a eso hacía muchas cosas.

Con la llegada de este chico a su vida, empezó a organizar su agenda de otra manera, ya que no podía cerrar la planificación por si acaso al susodicho le daba por invitarla a una cita. Un día, la avisó realmente tarde y ella sacó todos sus vestidos del armario, se los probó, eligió uno y dejó el resto tirado porque no tenía tiempo de recogerlos. Mientras se maquillaba, se le cayó sobre uno de sus vestidos preferidos una caja de polvos compactos y se manchó.

Esa noche la cita no fue demasiado bien. Él no parecía tan interesado como días anteriores, o bien ella estaba más atenta a cada palabra. Lo vio menos entregado y más huidizo. Luego Leire volvió a casa, vio todo tirado y se dio cuenta de cuánto había permitido que su vida cambiara. Por supuesto, el chico no tenía un trabajo que lo obligara a avisar de las citas con poca antelación, sencillamente, hacía y deshacía a su conveniencia y lo disfrazaba con amabilidad y agradecimiento.

Leire estuvo sufriendo durante unos días hasta que decidió ocupar el tiempo que tenía y parte del que no en ver vídeos sobre cómo recuperar el interés de un hombre. Finalmente, cuando él dejó de llamarla, ella había perdido su centro, ya no tenía aficiones y estaba emocionalmente devastada. Su corta relación y la ruptura fueron tiempos de sufrimiento y vacío, que podría haber evitado si no hubiera puesto patas arriba su vida para adaptarse completamente al centro emocional de él.

 

¿Qué elementos componen el centro emocional?

Cada uno tiene sus hábitos y rutinas pero, en general, podemos hablar de nueve grandes grupos de elementos que solemos mantener en armonía o, al menos, que no deberíamos cambiar todos los días:

  1. El sueño
  2. La alimentación
  3. El entorno
  4. La salud o la práctica de deporte
  5. La vida social
  6. El trabajo o los estudios
  7. Las aficiones
  8. Los objetivos vitales
  9. El nivel de gastos

Si sueles dormir 8 horas al día, no cambies eso cuando conozcas a una persona. No empieces a comer en restaurantes que cocinan comida que no te sienta bien, no descuides el orden de tu casa, no gastes más de lo necesario ni te arruines comprando cosas para esa persona. Si dos días a la semana ibas a hacer deporte, sigue haciéndolo. No crees vacíos en tu vida y así te mantendrás en tu centro. No descuides a tus amigos y no olvides tus objetivos vitales.

Esto no quiere decir que te comportes de forma rígida o egoísta y que obligues al otro a adaptarse completamente a ti. Algunos profesionales del campo de la seducción aconsejan que no muevas nada en tu vida y que, si acaso, si esa persona quiere verte, la invites a acompañarte a hacer tus cosas, pero créeme: eso solo sienta las bases de una relación de poder que acabará siendo insatisfactoria, seguramente para ambos. Mantén tu centro, deja que la otra persona también mantenga el suyo, y adaptaos el uno al otro sin que ninguno de los dos cree un vacío en su vida.

A veces tendrás que ceder tú y otras veces él/ella, y solo así podréis crear una relación equilibrada. Si podéis mantener vuestra vida tal cual o casi tal cual era antes de empezar a salir, os llevaréis mucho mejor y os evitaréis gran parte de los reproches que suelen hacerse las parejas cuando uno ha cedido en todo y el otro no le presta la suficiente atención. 

 

Mantener tu centro emocional cuando tienes una relación es la base para evitar el sufrimiento y la dependencia. -       

¿Te ha servido este post? ¿Se te da bien mantener tu centro emocional cuando estás conociendo a alguien o iniciando una relación sentimental? Comparte tu experiencia y deja un comentario.

¡Un abrazo!

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